Maracaná se tiñó de celeste
La selección uruguaya que viajó al Mundial de 1950 que se disputó en Brasil, no tenía grandes aspiraciones. En épocas alejadas de los grandes lujos de la actualidad, los combinados que asistían a las citas mundialistas, no contaban con las comodidades de nuestras estrellas contemporáneas.
En el fútbol local, el campeonato había sufrido una huelga hacía muy poco tiempo, y en el retorno a la actividad, era Peñarol quien comandaba las acciones. Esa gloriosa celeste estaba constituida por la base de Peñarol campeón en 1949, y reforzada con los mejores jugadores de Nacional, quienes dejaban a Uruguay como un equipo fuerte en cuanto a nombres, pero mermado por problemas dirigenciales.
Sus principales figuras en el plantel eran Roque Máspoli, Eusebio Tejera, Obdulio Varela, Juan Schiaffino o Alcides Ghiggia, entre otros. Todos ellos debutantes en este tipo de competiciones, que volvían a darse luego de 12 años. La Segunda Guerra Mundial había determinado que antes de Brasil, fuera Francia en 1938 el que albergara por última vez una gran cita.
La fase de grupos para el seleccionado dirigido por Juan López, consistió en único partido frente a Bolivia en lo que fue llamado Grupo D, con victoria en Belo Horizonte para Uruguay por 8-0. Óscar Míguez, centrodelantero de Peñarol se despachó con tres goles esa jornada.
La definición de la copa sería un cuadrangular entre el local Brasil, Suecia, España y la celeste, y entre éstos dos últimos se daría un empate a dos que obligaba a los uruguayos a derrotar sí o sí a los nórdicos para enfrentar en la final a los norteños, quienes sin mayor esfuerzo se habían transformado en los favoritos de toda la opinión.
Al igual que frente a los ibéricos, Uruguay jugó en Pacaembú contra Suecia y lo derrotó de forma vibrante por 3-2, teniendo en Míguez nuevamente a su goleador, esta vez producto de un doblete.
Maracaná, en Río de Janeiro, mostraba un marco de público inusual para un encuentro de fútbol. En las primeras épocas del monumental recinto carioca, el 16 de julio de 1950 había 173.850 personas en sus tribunas gritando enardecidas por Brasil, al cual el empate le bastaba para ser campeón. No cabía otra posibilidad para todos los habitantes del país, que la de ver por primera vez a su elenco nacional coronarse a nivel mundial, producto del excelente juego y floreo que había plasmado en todo el desarrollo del certamen.
Sin embargo, en esa tarde, y a pesar de comenzar perdiendo por el gol de Friaça, los orientales tomaron coraje y lograron empatar en el complemento con anotación del gran Schiaffino. A solo 11 minutos del cierre, otro desborde del veloz Ghiggia amenazó con repetir la jugada del primer gol, pero en su lugar prefirió el tiro rasante al primer palo para enmudecer a todo un país.
Cuando el inglés George Reader pitó el final del juego, para muchos se había consumado la mayor hazaña de la historia del deporte rey. No había un solo rincón en todo el territorio donde no hubiera signos de tristeza, desazón. Varios aficionados se suicidaron en esa misma fecha a raíz de la derrota deportiva que elevaría a esa selección uruguaya, a la memoria de todos los hinchas del fútbol.
Cuando el inglés George Reader pitó el final del juego, para muchos se había consumado la mayor hazaña de la historia del deporte rey. No había un solo rincón en todo el territorio donde no hubiera signos de tristeza, desazón. Varios aficionados se suicidaron en esa misma fecha a raíz de la derrota deportiva que elevaría a esa selección uruguaya, a la memoria de todos los hinchas del fútbol.
Firma: Mateo Parodi (@MateoParodi10).


